logo image

Un hombre duerme

El hombre sin nombre soñó con su madre muerta, con su tía muerta, con su abuelo muerto y con una prima depresiva a la que no veía desde hacía años.
El hombre sin nombre y sin hijos desconocía el milagro de la vida y de la muerte, aunque intuía en la finitud un misterio más insondable que el que le procuraban a diario sus ojos o su respiración: la perfecta cesación, se decía. Por eso aquella reunión tumultuosa de cadáveres y desaparecidos en su cuarto le resultó tan desazonadora. Esto no es un sueño, es una trampa, un infierno; qué coño hago aquí, se dijo. Y logró despertar pese a su madre, que lo retenía con fuerza de las muñecas, pese a las pastillas, que lo ataban al fondo de la noche, y pese a la recriminación general de sus difuntos: ¡No nos haces caso, no nos haces caso!
Tardó algunos segundos en tomar conciencia de sí mismo, de la oscuridad de su cuarto, de la respiración profunda de su mujer, y lloró sacudido por el miedo, y bebió agua como un náufrago, y fue a al cuarto de baño, donde tuvo la oportunidad de verse los ojos enrojecidos sobre una red de surcos minúsculos, y volvió a su habitación e intentó dormir de abrazado a su mujer.
Si el hombre sin nombre pensaba que soñar es un modo taimado de conciencia, y que en su conciencia pesaba mucho más el milagro de la muerte que el de la vida, no había motivo para la inquietud, debía de tranquilizarse.
Si reparaba en los detalles de aquella pesadilla, la desolación de la casa familiar, el disgusto de su tía al recibirle, la jovialidad violenta y el pelo rizado y brillante de su abuelo, la mordaza de cuero marrón con que habían amortajado a su madre, o la vejez sobrevenida de su prima depresiva, esa tristeza colgando de la comisura de los labios como una babilla, una profunda agitación sacudía al hombre sin nombre y le hacía dar vueltas sobre la cama.
Al día siguiente, los detalles de aquel sueño habían crecido como una levadura maligna en la cabeza del hombre sin nombre, que decidió llamar a su prima y tan sólo comenzó a respirar aliviado cuando comprobó que no tenía su teléfono, que no podría, ni queriendo, improvisar el incómodo protocolo de la amabilidad por comprobar, secretamente, en el subsuelo de una conversación trufada de preguntas y respuestas banales, que su prima depresiva seguía tan viva como él mismo, y que no había motivo alguno para dejarse arrastrar por el desagüe de un sueño. Pero también intuyó que quizá él, ahora mismo, o engrandecido y oculto en el misterio de la eternidad, también importunaría a placer el sueño de los hombres que duermen.

Proust sur son lit de mort

Comentarios cerrados.