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Un vuelo

Quizá no llegó a sobrecogerle la certeza de que iba a ser de ese modo porque sólo transcurrieron tres segundos, decían los informes más fiables, entre los primeros eructos del motor y el impacto. Pero una parte de él, casi inconsciente, sí pensó en la posibilidad de que todo acababa.

Allí precisamente, tan estúpido e insospechado. Sin una enfermedad grave que le malbaratara los últimos meses de su vida como le ocurrió a Luis Parada, su mejor amigo.

Sin necesidad del mar, que tanto temor le producía; su madre le había explicado que un pastor alemán lo arrastró de niño por la orilla y, sin embargo, él amaba a los perros aunque sudaba con tan sólo oler el mar.

Sin un accidente de carretera en su ajetreada vida de comercial, acababa de leer 40.000 muertos al año en carreteras europeas.

Sin violencias extremas como en las páginas de sucesos, ni salvando ancianitos de un incendio, como una vez fantaseó cuando el “Fuego fatuo”, decían los periódicos, de “Dulce Hogar”; desalojaron la residencia y sólo eran dos viejos fumando a escondidas en un gesto de postrera rebeldía que originó grandes titulares y viñetas memorables.

Apenas pensó fugazmente en la posibilidad, ¡no puede ser!, por el rostro desencajado de la azafata, más que por aquel descenso brusco y el ruido sordo de un motor. Sin angustia verdadera, sólo un ligero vuelco en el estómago, aquella sensación de feria, intuyó por inercia, porque ya había leído los diarios, y leído su novela, y repasado los informes que había de presentar para convencer o vencer, que siempre decía Luis Parada, a sus “american friends”, no dejar un hilo suelto y cerrar de una vez aquel contrato que tan beneficioso iba a ser para su empresa y para él mismo, Alfredo Aller, llevaba muchas horas de vuelo, 32 años, le sobresaltó ese zumbido que desaparece de repente, recién casado, y busca en los ojos de la azafata una respuesta, su mujer embarazada de tres meses, y la azafata con el rostro descompuesto, ejecutivo comercial en el mejor momento de su carrera, aquel brusco descenso, reconocieron el cadáver por la alianza, tan aficionado a ese juego secreto, condolencias de las autoridades y de una compañía americana, consistente en imaginar cómo sería su muerte, rogamos a Dios por su alma, y pensar en el mar, en su madre, en Luis Parada, en los perros, Padre nuestro que estás en los cielos.

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