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Una buena novela que degenera en folletín

Por Mariano Gasparet

En La trama nupcial (2013) aparecen todos los ingredientes que gustan de Jeffrey Eugenides, pero el resultado final de la novela es un poco decepcionante. La trama no aguanta una comparación con su magnífica ópera prima Las Vírgenes suicidas (2001), ni con las expectativas creadas por el propio autor a lo largo de 400 páginas. La paradoja es decepcionante. Leemos una buena y prometedora novela cuya gratitud se deshilacha en el despeñadero de las últimas 30 páginas.

Algo falla en La trama porque queremos tanto a Eugenides y porque a pesar de degustar de nuevo el ambiente ochentero que fue para tantos el final de la inocencia, el tono tierno e intimista de unos personajes que evolucionan desde la primera juventud y un grado de honestidad muy del gusto de otros grandes como Wallace o Franzen, lamentablemente todos estos elementos sucumben al cerrar el libro ante la certidumbre de que hemos leído un folletín bien narrado con destellos de una genialidad conocida.

Los elementos de la historia son recurrentes: un campus universitario donde se adentran en la vida la sensible Madeleine, el loco Leonard y el apocado Mitchell; la familia (ese lugar donde hacen barbacoas los domingos); la irrupción del sexo; un triángulo amoroso y un existencialismo transitado.

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Madeleine debe decidir entre el brillante y maniacodepresivo Leonard y el místico-acomplejado Mitchell. Y lo malo, lo pésimo, es que lo hace y aún tiene tiempo de darlo todo y de rectificar sin incurrir en falta moral. Moralina siempre.

Destaca la descripción del tobogán maniacodepresivo; aunque nada parecido al máster en esquizos y demás fauna que, en lo que refiere a la disección de las enfermedades mentales y adicciones múltiples, supone la imprescindible e impresionante La broma infinita de D.F.W.

En La trama abundan las referencias literarias, desde las hermanas Brönte a Derrida, Barthes, Teresa de Ávila o Agustín de Hipona, y farmacológicas, del carbonato de litio al haroperidol.

Dos notas.
En un momento dado el pobre Leonard reflexiona sobre su enfermedad y señala que todo empieza y acaba en el momento en que “normalizas la disfuncionalidad”. No es necesario entrar en disquisiciones sobre qué es y qué no es disfuncionalidad, sobre todo una vez normalizada.

El libro empieza con un fogonazo: un cita alusiva a la letra de una canción de Takking Heads (de quien he sido incapaz de escuchar una sola canción, qué cosas). “Esta no es mi bonita casa ni esta mi preciosa mujer”.

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