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¿Una taza de té querrás? No, que me envenenarás

(Siempre hemos vivido en el castillo, Shirley Jackson, Editorial minúscula, 2012, 222 páginas).

Siempre hemos vivido en el castillo es una novela de terror sutil, de ahogada angustia, de amor también. La revista Times la seleccionó como una de las diez mejores novelas el año de su publicación (1962) ,y su autora, Shirley Jackson (San Francisco 1916-Bennington, 1965),  ha sido admirada y seguida por grandes  como Stephhen King y Richard Matheson (un día de estos hablaremos de su genial Soy Leyenda).

Se trata de una novela corta, muy ágil, muy tierna, con párrafos a veces poéticos, en la que una sutil sensación de anticipación en torno a las razones de la extraña vida de las hermanas Mary Katherine y Constance Blackwood y su tío Julian atrapan y arrastran al lector, siempre una milésima de segundo por detrás del relato, de la revelación final.

Desde el primer párrafo se advierte en el monólogo interior y las descripciones de la pequeña Merricat un poso de locura y sadismo, y en el comportamiento abyecto de la mayoría de los habitantes del pueblo un castigo, una crueldad, que el lector no sabe si es causa o consecuencia del confinamiento en que vive los últimos de los Blackwood.

Es fácil congeniar con Merricat, con su soledad, con el odio y la desconfianza y el rencor que siente hacia sus vecinos. Pronto sabremos que sus la mayoría de la familia murió envenenada seis años atrás con arsénico, que su hermana mayor, la dulce Connie, fue acusada, juzgada y absuelta por tan horrendo crimen; que Merricat fue ingresada en un orfanato mientras duró el juicio; y que esa tragedia condicionó para siempre tanto la vida de las chicas y su pobre y enfermo tio Julian como la abyección, el temor y la desconfianza del pueblo hacia los últimos Blackwood. “La gente del pueblo siempre nos ha odiado”.

La bella Constance es la hermana mayor, la que cuida del tío Julian y pasa la vida cocinando manjares para su tío y su hermanita Merricat mientras ella juega sola en el jardín co su gato Jonas, enterrando objetos, amuletos imprescindibles para preservar la armonía en la casa Rochester.

 

Shirley Jackson

“Merricat, dijo Connie, una taza de té querras?

Oh, no, dijo Merricat, me envenenarás”.

Amanita phalloides

 

La llegada del primo Jack es percibida  por la joven Mary Katherine Blacwood como una amenaza, el suspense crece espoleado por el comportamiento enajenado de Merricat, por las chaladuras del tío Julián y por la paciencia y condescendencia infinitas de Constance hacia su hermana. La tragedia se desata en las últimas páginas y en ella participan todos los actores del relato (también los vecinos)  con un final coherente la vez que tiernamenente sorpresivo.

Agradezco la lectura, y haber conocido a las hermanas Connie y Merricat, así como el nombre de algunas plantas venenosas como la Amanita phalloides, la Apocynum cannabinum, la Actea rubra o la Solanum dulcamara (belladona). Pero agradezco mucho más haber descubierto a Shirley Jackson y me pregunto si esta obra no ha sido llevada al cine o al teatro. ¿Merricat, dijo Connie, una taza de té querrás?.    

La autora murió tres años después de publicar esta novela a causa de su obesidad mórbida y de su adicción a las anfetaminas y el alcohol.  

P.D: Estupendo el posfacio de Joyce Carol Oates para saborear todos los ángulos y matices de Siempre hemos vivido en el castillo.

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