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Valle Inclán en Chicago

(Nelson Algren, El hombre del brazo de oro (cerca del infierno), Caralt (1978)

El hombre del brazo de oro es un libro caduco y una película de culto dirigida por Otto Preminger en 1955. Supe de El hombre… en las memorias de Art Pepper y me sedujo no ya por la “pésima película de Frank Sinatra” –, al decir de Pepper, aún pendiente, sino por el cruce de referencias conocidas de lecturas anteriores y de pliegues viejos: el sanatorio de Lexintong, en el que estuvieron Art Pepper y William Burroughs, donde se encerraban a los yonquis para aplicarse pautas de descenso: sacaban los brazos por una portezuela sedientos de aguja y en una semana estaban en la calle sin mono; los años del jazz y la “tragedia americana” en las obras de Arthur Miller; el caso Sacco y Vanzetti… pero también nuestro Alejandro Sawa y Luces de Bohemia

Desde las primeras páginas, comprendí que el esperpento de Valle Inclán ( 1866-1936) llegó a Chicago, de forma consciente o no, de mano de Nelson Algren (1909-1981).
El hombre del brazo de oro es una obra coral sobre los bajos fondos de Chicago, Division Street. El protagonista, Frankie, es un crupier enganchado a la heroína. Sus amigos son “pillastres” como El Gorrión (otro Latino), el Viejo Stash, Mollie, Violet, el patrón Anteck, El hombre del paraguas o Pig el Ciego… La obra es un fresco, como Manhattan Transffer, de personajes crecidos de miseria y camaradería, en el que se desarrolla la investigación de un asesinato burdo y gratuito como sus propias vidas.

Valle Inclán

Valle Inclán

Frank hace lo que puede para sobrellevar a su adicción y huir de un crimen absurdo. Pero la vida, sencillamente, no le acompaña. Sus amigos, como le sucede a Max Estrella, lo son más por necesidad que por amor o voluntad, y no dudarán en traicionarle o robarle del mismo modo que Mala Estrella, en su último suspiro, fue asaltado por Latino. Insisto en el paralelismo porque es lo que más me ha llamado la atención de una obra generosa y transversal, en la que el tema del caballo es tratado de un modo discreto, y con la que se disfruta tanto, casi tanto, como con la lectura de Luces de Bohemia. Estamos ante el esperpento americano, ante una novela negra y sensible, ante una obra con todos los ingredientes para convertirse en objeto de culto, muy próxima además a la obra magna de John Dos Passos.

Dice Nelson Algren sobre Franjie y sus amigos que “todo se habían quemado en una misma hoguera… Una hoguera que ardía como una obscura llama interior y todo lo abrasa en el hombremenos algo que quedabapara siempre sucio de humo. Este algo no era sino la grande, la secreta, la particularísima tragedia americana de quien no posee nada en el país donde la propiedad y la virtud son la misma cosa” (pág. 23)

En otro momento Frankie conversa con su vecino de celda Appeljack Katz, quien le cuenta cómo fue rehabilitado por un médico y estuvo “a punto de perderlo todo”.

“Cierto que el tipo casi me curó de mi neurosis. Y si volviese sería capaz de curarme del todo. ¿Y qué me quedaría entonces? Todo lo bueno que he disfrutado en la vida ha sido lo que mi vieja neurosis me ha proporcionado. Durante los dos años completos de rectitud no tuve ni una satisfacción. Me gusta mi pequeña neurosis. Es todo lo que tengo y le tengo apego.” (pág. 237)

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