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Vida y muerte de la vaca Liz

Por M. Gasparet

Liz nació y se crió en una vaquería.
Y aprendió mucho en su corta e intensa vida, desde el primer golpe sobre el suelo, las patas encordadas a una pala agropecuaria y el brutal desprendimiento, hasta el gélido pasillo donde cuelgan oscilantes, descosidos como trapos los cadáveres.

Aquella primera luz le doblegó las corvas y configuró su mundo en una sola premonición: la vida es extinción, se dijo Liz. Comprendió la lentitud como tributo de la solemnidad, a mugir antes de llorar, a mirar a su alrededor entre la sorpresa y la condescendencia, a no fiarse de las caricias de los hombres ni de su empeño sobre las ubres porque siempre buscan algo a cambio los vaqueros.

Aprendió la pureza del vegetarianismo e incluso la solemnidad de la indiferencia, morir desapasionadamente era su reto.

Liz era coqueta, sus cuartos traseros acompasaban el murmullo de los árboles cuando variaba el cielo. Demasiado delgada, cariacontecida, blanquinegra, escéptica y paciente, fue conducida a un establo entre álamos y heno para desahogo de los toros, destinada a la maternidad desde becerra.

Pero Liz no quería ser almohada de las bestias, ni quería saber nada de la monta o los terneros. No quería ser madre, Liz, pero no tenía demasiado donde elegir, vendida a peso por la flor de su linaje y la belleza de su cuero a un establo de Sarria, en Pontevedra.

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De los cencerros el eco amaba, su sorpresa entreverada con la espuma que las aguas ofrecen a las rocas el rumor de los helechos.
Del amanecer, el aliento helado del cielo abriendo paso a las primeras luces.
Del mediodía, el sol que enciende de arcoíris las alas de los tábanos.
De la tarde, el pasto y su cálida concentración.
De la noche, los mugidos perdidos como almas en pena, el aullido de los mastines y los dibujos que el vaho regala a los misterios del bosque: miles de animales expirando el mismo anhelo, los mismos miedos, idénticos sueños; en todo aquello había un lenguaje inveterado y colectivo, rumiaba Liz.

Una tarde montaron a Liz por primera vez. Conoció la violencia, nuevamente, pero con más pasión, con más ardor, el olor del puro y la cazalla junto a un incendio de gritos y vergajos, el sudor, el pataleo sobre los excrementos, los orines, las cinchas bajo el vientre, apretándole por dentro, el ardor de las pezuñas sobre el lomo, la sangre y la baba de aquel toro, la tibieza de su lengua desatada, entregados sobre la cruz de su espalda profanada el resoplido de los belfos.

Cuando todo aquello hubo acabado, un cansancio sin paz y una enorme decepción de haber nacido confirmaron a Liz su desencanto. ¿Carácter es destino?, se preguntó. Y fue tenaz Liz en su pensamiento, en su nihilismo manso e insoslayable como roca en el camino. Ni la monta continuada ni el empeño del veterinario y sus prodigios metálicos engendraron en su vientre otra cosa distinta del hastío y cierto odio hacia su raza estabulada. Liz mugía lentamente, comía, bebía y se rebelaba.

Una mañana Liz fue conducida a golpe de vara de cedro hacia un camión. Estaba sedienta y la carne de otras vacas, los mugidos y el gasoil la mareaban. Aquel suelo metálico bajo sus patas le hacía pensar sobre su vida de vaca. Un cielo blanco y frío le hizo sentir que naufragaba. Paró el camión y una estampida menuda acabó sobre una línea metálica donde las reses sucumbían al temor contagioso de una muchedumbre de carne trémula, asustada. Pero no sintió miedo Liz, sino la confirmación de una esperanza. A los lados, unos alógenos chirriaban el incendio de moscas violetas como aviones sucumbidos o Perseidas aladas. A lo lejos, unos hombres con botas de agua y delantales de plástico desaguaban una marea rosada domada por mangueras. Más allá un mugido, un grito, y una correa de perchas oscilantes por el peso de la muerte de las vacas. Seguía su destino Liz encadenada. Sus días en el prado, el dulce trago de la leche materna, su primera vacuna, el primer varazo, aquel primer toro sobre su lomo, el abrevadero, la luna, el rocío… Toda su vida pasó como una película mientras andaba. No sintió miedo Liz. No sintió nada.

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