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Vitali

Vitali

Vitali era pequeño, rubio, fuerte, nervudo y tenía los ojos más azules que un cielo de mayo.

Parecía un ángel caído o un perro alano.

Vino a casa con un peto azul sobre dos botas enormes para instalar la conexión a internet y nos hicimos amigos íntimos unas pocas horas.

Vitali hacía ejercicios con pesas y tenía los brazos surcados de venas gigantes como mangueras de riego.

Los extraños le saludábamos trazando círculos con la cabeza,

hipnotizados por sus ojos de husky y sus extremidades de ficus.

Los propios le sonreían al fondo de una fotografía polaroid con una copa en la mano.

Na zdorovje!

–Yo ruso y esto diálisis, me dijo abriendo los brazos como un cristo eslavo. En España diálisis y trabajo; en Rusia, no diálisis, no trabajo.

Leonard Cohen cantaba Seems so long ago y yo comía un cuenco de arroz Basmati precocinado cuando Vitali atravesó el pasillo oscilando sus remos sarmentosos,

miró el cuenco de arroz e hizo un gesto visible de desaprobación antes de preguntarme donde quería la antena wi-fi.

Le ofrecí un café, una cocacola, una cerveza y Vitali advirtió en el protocolo de la bienvenida un hueco donde dar rienda suelta a su sabiduría de superviviente en tierra extraña;

su antídoto contra la soledad, pensé.

No bebía, no leía, no veía la tele, me dijo. Ninguna ingesta que pudiera distraerle de su vida de santo emigrado

y de su régimen estricto de ejercicio físico y hospitales públicos.

–Tú mucho libro, me dijo. Leer poco, bueno; leer mucho, malo. Tú loco porque no vives tu vida, levantaba Vitali sus brazos de venas clamorosas hacia mi biblioteca a punto de lanzar un anatema.

Yo le correspondía con esa franqueza atípica con que algunas veces nos desnudamos ante personas de paso.

–Nooo, yo cuerdo, dije.  Por eso prefiero vivir la vida de los libros, así no pienso demasiado, tendí un puente a Vitali.

–¡Ahhh, pensar mucho es malo. ¡Vivir!. ¡Respirar! Tú no comer ahí solo en taza pequeña –y se encogía sobre sí mismo para cargar de sentido sus argumentos–. Tú plato grande,

decorado,

mesa grande,

¡servilleta de hilo!, exclamó. No importa solo,

pero siempre plato grande, dijo.

Yo le conté algunos detalles de mi vida de divorciado,

de mis hábitos alimenticios de arroz Basmati y Vitali asintió como un médico que reconoce una patología y despachó su visión sobre las mujeres en general,

y su ex novia en particular,

con unos razonamientos e invectivas más interesantes por resolutivos que por su profundidad.

–¡Mujeres malas! ¡Todas! Siempre buscan a alguien mejor, siempre mienten. Mi ex novia me engañaba. Yo vi sus mensajes y la eché de casa. Yo huelo tu perfume, te huelo –imitaba a su novia–. Ahora me busca pero yo mejor solo porque muchas novias. Si tú eres cara al aire y solo,

todas te quieren.

Si tú triste y problemas, no te quieren.

Siempre buscan, nunca encuentran.

Vitali probó la conexión entrando en una página de venta de coches usados.

Una eslava de piernas larguísimas sonreía con los brazos extendidos ante una furgonerta familiar Renault de color negro y llantas deportivas rojas.

–¿Te gusta?, yo vendo, me dijo. Esta mi ex novia.

–Me gusta, muy guapa, contesté.

Vitali me explicó que había llegado a España hacía cuatro años. No mantenía contacto casi con su familia porque su hermano se había negado a darle un riñón y no fue a verlo luego al hospital. Cuando pudo trabajar se buscó la vida y con sus primeros ahorros se compró aquella furgoneta, símbolo de su incipiente prosperidad. Ahora quería cambiarla por otra mejor; o al menos, por otra en la que no hubiera dormido Kriania.

–¡Yo libre. Cojo coche y voy donde quiero, cuando quiero. Duermo dentro y como en restaurantes o bocadillos. Me baño, me voy al monte, hago pesas. Yo libre!, gritaba Vitali.

Le serví un  café y le pregunté por el alma rusa, por la similitud entre el alma rusa y el alma española.

Él me dijo que rusos y españoles muy parecidos, casi iguales, buena gente, pueblo orgulloso de corazón grande; alemanes, mala gente de corazón pequeño.

–Otro día yo fui a casa de un alemán y me gritó, me dijo. Yo le grité también: Tú fritz!, mi abuelo ganó al tuyo en la guerra! Me echó de su casa y llamó al jefe.

Yo asentí y le pregunté por su abuelo. Su abuelo tomó Berlín y entró en el búnker de Hítler. Yo celebré a su abuelo y le regalé mi fascinación y mi agradecimiento. Vitali me dio consejos que nunca cumplo y me llevó a un supermercado de importación para  presentarme a una prima lejana.

-Uteba est lyubimy? Tyochen krsivy, me regaló una carcajada la prima de Vitali.

-Pregunta que si tienes novia, y dice que le pareces guapo.

Yo estaba lo suficientemente solo y colgado como para quedar en un supermercado de comida eslava con un ruso al que no conocía de nada. Pero  en lugar de invitar a salir a la prima de Vitali, me limité a sonreír mientras volcaba sobre el mostrador tres botellas de vodka, unos tarros de caviar y unos arenques ahumados. Luego fuimos a un bar. Yo bebí tres cervezas. Vitali tres cocacolas. Me regaló una botellita de Balzams Riga, me dio un fuerte abrazo y me pidió que todos los días tomara un chupito, “sólo uno” para “introducir energía”, decía atrayendo hacia sí una palada de nada con sus manos sarmentosas..

Yo le di un poco de marihuana que un amigo se había dejado en casa y prometí llamarle algún día. Perdí su teléfono.

Vitali 2

Algunas noches recuerdo a Vitali,

y me siento vigilado por sus ojos de perro siberiano.

Y repito sus palabras

e imito su acento

para maldecir a los fritzs

y brindar por sus brazos de condenado

y por la liberción de Berlín

mientras pienso qué fuerte era o es Vitali,

ojalá yo fuera como él, ojalá viva,

qué habrá sido de ti, Vitali,

Na zdorovje!

ahora que termino la botella de Balzams Riga,

yo ruso!

 

Diálogo

  1. micromios dice:

    Conciso y cortante.
    Tristeza en un chupito de vodka con limón, de aquí.
    Salut

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